El alter ego de mi otro yo

Siempre pensé que mis papás se vieron muy originales inventándose mi nombre. Karín Matarasso, nada común, lo suficientemente extraño para que la banda no lo pueda pronunciar, para que en Hacienda lo escriban con falta de ortografía o me pregunten si soy hombre, mujer o quimera cada vez que me llaman por teléfono.

Nunca a nadie le pondrían igual que a mí, según yo. Pero una tarde de julio que, como muchas otras andaba de ociosa en facebook encontré a la "otra" Karín Matarasso, o tal vez a la original, y además aceptó mi solicitud de amistad. Tengo miedo y mucha curiosidad.

Veamos que nos depara el destino digital. Por mientras el alterego de mi otro yo vive del otro lado del mundo, al parecer sus padres estaban parecidamente locos a los míos.

¡Y esto suena aaaasí!

De pronto me detuve a pensar que esta gran, contaminada y realmente envidiable ciudad también se vive por sus sonidos. Creo que todos podríamos hacer un catálogo de ruidos, ruiditos y ruidotes memorables que hoy ya hasta nos pasan desapercibidos. Tal vez ya sea ruido blanco; pero la verdad es que a mis días los llenan de color.

Que comience el catálogo, porque esto suena aaaaasí:

-La primera joya es el tan mentado perifoneo de: ¡tambores,  refrigeradores, estufas, lavadoras, microondas o algo de fierro viejo que venda! Tambores como pa qué si ya con la repetición hacen el ruido suficiente. ¿Cuánto me darán por algo de fierro viejo que venda?

El segundo, pero no por eso menos clásico es el de los Tamales que ya tiene múltiples versiones. O el de los camotes que siempre intentábamos imitar en las clases de flauta de la secundaria.

Inolvidable, ¡el gaaaaaaaaas! en todas sus versiones y acepciones.

¿Qué tal el claxon de los peseros con su gama de opciones sonoras? Inolvidable "Tequila o la fiesta está en cada reversazo" o el tema del Padrino. Seguro, si Don Corleone hubiera escuchado su música en esa versión no hubiera dudado en dejar algunas cabezas de caballo en el asiento del conductor.

La lambada de los taxis en reversa, los voceros del súper, el vendedor de tortillas, el Gráááfico del metro: un manjar de sonidos que convierten a mi ciudad en la más maravillosa del planeta.

(Aquí va uno para que se inspiren)
http://www.youtube.com/watch?v=dIo1HVLkrbk

My pillow book

Creo que sólo faltaba que ella me buscara a mí. Yo intenté hacerlo en varias ocasiones pero cada que la encontraba algo pasaba. Llevaba varios años intentando ver The Pillow Book, la primera vez la renté y se me pasaron los días, a tal grado que pagué 200 pesos de multa y ni la vi. La siguiente la encontré anunciada en la cineteca pero justo cuando llegué a la taqulla se habían acabado los boletos. Ayer por fin, se dejó ver. Y aunque suene quemado creo que llegó el momento justo, ella me encontró. Me apareció confundida en una caja de Blockbuster cuando mi intención original era echarme una peli palomera de ésas de domingo que, por lo general, no le dicen nada a nadie. Así que Greenaway, te llegó el momento.  


Confieso que Peter Greenaway podría percibirse como un director loco, que trata de romperle la madre al cine pero cada vez que "me aparece" algo me rompe la madre a mí. 

Según la historia, el libro de cabecera original era un recuento de la vida, de las cosas elegantes, de lo feo, de lo bello, de lo lindo que podía verse el índigo hasta en un féretro. La vida de una poeta convertida en una lista de pasion es y odios. No sé...

Lo interesante es que inspirada en esas listas y casi casi obligada por la memoria de su padre, la personaje escribió sus propios libros de cabecera rescatando la caligrafía del cuerpo, La escritura en los ojos, en la frente, en el sexo y la firma para hacerla suya, para poseer. 

La memoria está en el cuerpo y en la literatura. En las pasiones y en las marcas de tinta pero antes que nada en el deseo de guardarla.

¿En dónde empieza mi Pillow Book?

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Directo al cristal


-Son como cristales que llenan tu cara. –Me dijo. Pero ésos no te cortan, sólo te recuerdan que te cortaste o que estás a punto de caerte a pedazos. Nacen, se deshacen, rozan tu piel por un momento y luego lo único que queda de ellos es la sal, reseca, rota. Cristales que filtran tu mirada para sólo dejarte ver donde te duele o marcarte una arruga infinita en la frente, ésa, la del espejo, convertida ya en un bache, en un agujero permanente que te grita que has pasado los años llorando. Que te pagaron por cada gota y que ahora estás dispuesto a pagar por seguirlo haciendo.

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